Por qué las campañas antitabaco no funcionan

Aproximadamente un 30% de la población española lleva a cabo diariamente el mismo ritual: introduce dos monedas en una máquina expendedora de tabaco, selecciona su marca favorita de cigarrillos, coge su paquete, desenvuelve el plástico superior, rompe el envoltorio plateado de la parte de arriba, saca el cigarrillo que más gordo le caiga, lo sujeta entre los labios, y aspirando suavemente, lo enciende con un mechero eléctrico, de piedra, de gasolina o con cerillas.

España fue la primera nación del mundo que estableció el monopolio tabaquero (el Estanco) y la primera en exportar este producto a Europa. A pesar de que luego los ingleses y su tabaco de Virginia colmaron el mercado europeo, durante casi 200 años los españoles exportaron tabaco sin apenas competencia. Algunos dicen que el tabaco fue lo que provocó la decadencia de España, aunque bueno, eso siempre puede ser discutible.

Hoy por hoy, fumar es algo completamente habitual, y en ciertos grupos sociales parece que si no fumas no es lo mismo. Si eres un adolescente de entorno a 14-18 años, no fumar resulta extraño. Durante mi vida escolar, aproximadamente el 50% de la clase fumaba, y de ese porcentaje, un 70% eran chicas. No es coña que las mujeres fuman más que los hombres, y además, fumar es terriblemente sencillo. Basta con pedir un cigarro, que al principio repudias, luego pides otro, y otro, y al final sin darte cuentas acabas gastándote los 4 euros de media que cuesta un paquete de cigarrillos.

Pero todo esto, ¿por qué? Los cigarrillos se asocian a la libertad, a la madurez… Pero, ¿quién es el causante de que se asocien a estos factores? La respuesta más sencilla sería las tabacaleras. Pero hay que tener en cuenta que  las tabacaleras ya no pueden hacer publicidad, por lo que se podría decir que es la propia sociedad fumadora la que hace esa apología del tabaco. La aventura de escaparse a echarse un piti en la intimidad, lo cinematográfico que quedan las volutas del humo transformándose en formas caprichosas, lo sexy que queda un cigarrillo en la boca de Scarlett Johansson en Match Point, cuando vemos a un modelo con un cigarrillo de liar, Don Draper fumando Luckies sin parar en Mad Men, lo asociamos al estereotipo de que fumar mola. Fumar es el complemento perfecto para cualquier ocasión: te aburres, te echas un cigarrillo, después de comer, antes de dormir… y siempre todos ellos tienen algo en común: nunca padecen las consecuencias de fumar.

Fumar no es que sea malo, pero a través de una foto no se aprecia ese olor seco a hojas quemándose, el progresivo ennegrecimiento de los dientes, el lento emponzoñamiento de los pulmones, que pasan inadvertidos ante el modelo que vemos con un piti entre los dedos. El tabaco no necesita publicidad; tanto los que fuman, como los directores de cine o publicitarios se encargan de convertir en algo que en verdad es asqueroso en algo elegante, sexy y bonito. Empezando por los llamativos colores de las cajetillas, terminando por el product placement en las películas, pasando por los adolescentes fumando a la salida del colegio, de las discotecas, estancos y propios mitos y memes de internet sobre el fumar.

¿Por qué no funcionan las campañas antitabaco?

La respuesta es sencilla: el fumador no es consciente del daño que le hace el tabaco, porque es tan progresivo que se lo atribuye o bien a la edad o bien a factores externos. Además, se siente orgulloso de fumar porque tiene algo que hacer, porque se siente más confiado al fumar, porque cree que le relaja, en resumen: idealiza el tabaco. Y siempre siente que “debería dejar de fumar” aunque nunca vaya a hacerlo por el temido “mono”, que en verdad es puramente psicológico. Y esto las tabacaleras lo saben. Y el lavado de cerebro al que sometieron a la sociedad del baby boom a través de vaqueros, señoritas elegantes, cigarrillos light, y demás, les han convertido en abanderados de las propias tabacaleras, que venden un producto pernicioso y adictivo sin apenas problemas legales.

Las campañas antitabaco actuales se basan en la persistencia de los males del tabaco y no en el convencimiento, en la explicación lógica del mal, en vez de la emocional. “¿A mí que cojones me importa que por cada cigarrillo me esté introduciendo 10 mg de alquitrán, otros 10 de monóxido de carbono y 0,8 de nicotina? Mi padre fumó toda su vida y a los 90 que llegó” o el más oído entre los jóvenes “Cuando tenga 30 años lo dejaré”. Los jóvenes tenemos el defecto de pensar que somos eternos. Cuando llegas a los 20 años eres un poco menos eterno que con 16. Para poneros un ejemplo, vamos. Partiendo de ese principio, ninguna campaña puede funcionar, porque al fumador simplemente le da igual.

Yo soy de la opinión de que al paso que vamos acabará completamente prohibido de aquí a  30 años, pero aquí siempre está la intrusión del estado en la libertad de los individuos, ya que fumar es un acto libre al que nadie – en teoría – está obligado. Sin embargo, las campañas antitabaco fracasan estrepitosamente porque se centran en algo a lo que al fumador, con perdón, se la suda, que es la salud. El fumador está terriblemente aburrido de ver lo malo que es el tabaco. Decirle que le va a matar, que le reduce la movilidad del esperma, que provoca cáncer de pulmón y de mama, que provoca mal aliento y pérdida de dientes, lisa y llanamente le da exactamente igual. Porque el acto de fumar no depende de lo malo que sea, todo el mundo tiene ese abuelo que se fumaba dos paquetes de Ducados al día y llegó a los 95 años. No conozco a nadie que fume que no tenga a ese abuelo.

Hacia una nueva forma de orientar las campañas antitabaco

Para que una campaña antitabaco funcionase, debería empezar porque el cine mostrara a aquellos que fuman como la realidad misma – no me matéis – personas absorbidas por su vicio, que padecen las consecuencias, no como estrellas del rock. Los modelos que salen en esas fotos tan sexys con un cigarro entre los labios se tendrían que acabar. Subir los impuestos al tabaco es una medida que se ha notado que es eficaz, pero estaríamos haciendo un flaco favor a aquellos que por desgracia, quieren dejarlo y no pueden. Dejar de incluir las imágenes de personas con tumores y demás,  que lo único que hacen es que las mires, te rías y te enciendas el cigarrillo igual. Lo que hay que hacer es cumplir la ley: que los menores no compren de ninguna de las formas actuales y que se pida el DNI en los estancos, cosa que nunca se hace. Esto no evitaría que a través de terceros los menores no compren, pero evitaría la compra directa. Lo mismo en los establecimientos y bares con máquina expendedora, solicitar el DNI a todo el mundo que vaya a comprar, o aprovechar los nuevos DNIs para meterlos en la máquina y que comprueben la edad.

Limitar los lugares donde se puede fumar es inútil, dado que la ley antitabaco en las discotecas es muy laxa, y apenas se aplica. Perseguir al fumador no es la solución, no así a las tabacaleras. Los estanqueros tampoco tienen la culpa de que se fume, y lamentablemente, esto podría hacerles cerrar. Sin embargo, la distribución si se puede tocar, quizá controlar más quién puede vender tabaco y a quién, y centrarnos en la población que más fuma: la adolescente. En ese sector, la prohibición terminante del tabaco, tanto en sus colegios, institutos y demás debería ser de forma tajante, así como prohibir fumar  en cercanías de colegios e institutos. Y sería lícito, porque son menores.

Pero esto no se puede realizar sin una correcta campaña de concienciación, cosa que nunca se ha hecho. Nunca se ha ido a botellones a contar a los chavales que fumar es malo. Siempre hay una actitud reactiva, el fumador apesta, el fumador tiene que dejar de fumar porque nosotros los antifumadores lo decimos, y no debería ser así. Alguien debe dejar de fumar no por que le obliguen, sino porque quiere.

Cómo deberían ser las campañas de concienciación antitabaco:

Proactivas, breves y cargadas de un elevado contenido emocional. Fumar no está sujeto a lógica, es un acto irracional (en el sentido de que el fumador asume que es pernicioso, pero los placeres que le aporta el fumar son superiores al mal que le ocasiona). Es más, el éxito del tabaco radica en que posterga siempre los males que te pueden suceder al fumar. Sólo tendrás un cáncer de pulmón a los 50 años, y para entonces, seguro que lo has dejado. Cada vez hay más cánceres de pulmón con menos de 40 años, y otro enemigo silencioso, que es el EPOC. Pero esto no les importa a los fumadores, porque creen que no les afectará. La lucha se debe centrar en dos frentes: colectivo adolescente, que no siga fumando. Los adolescentes no fuman por rebeldía, ni por sentirse mayores, sino por inseguridad. Ese es el hecho que ignoramos. Luego no lo dejan no por que no quieran, sino porque dejarlo les hace sentir inseguros. Ahí es donde hay que centrarse, porque una vez que son adultos, no pueden dejarlo si no es con la fuerza de voluntad necesaria (otro mito).

El otro frente son los adultos que siguen fumando. Encarecer el tabaco es penalizar a una persona que padece una enfermedad -sí, es un trastorno descrito en el DSM IV-, una adicción silenciosa. Con los adultos quizá sea más complicado por ser menos maleables que una mente joven, pero quizá la persistencia haga el resto. Pero ojo, persistencia emocional. Si de repente dejas de ver un cigarrillo en la boca de Don Draper, si al que ves fumando es una persona que parece absorbida, si siempre que alguien fuma en una película padece sus efectos, si desaparecen en un anuncio que el modelo fume, si se cumple la ley, quizá así consigamos acabar con la lacra que mata a casi 60.000 personas al año en España, y provoca enfermedades a cientos de miles. Fumar es como una chica fea excesivamente maquillada. Puede parecer a lo lejos que es un pivón, pero cuando te despiertas a la mañana siguiente a su lado, te das cuenta del horror.

Conclusión:

Si fumas y te ha ofendido, piensa en la ofensa que te haces día a día. Si fumas poco, lo haces casi obligado, si no fuera malo estarías fumando compulsivamente. Si fumas compulsivamente, piensa que un canuto con hojillas está siendo más fuerte que tú. Al paquete de 4€, del que pagas un 85% en impuestos, te ofrece un relax placebo, un asfaltado de tus alveolos y un aliento acorde. Fumar no mola, no te hace parecer mejor, ni más elegante, sólo te convierte en un esclavo de algo que crees superior a tus fuerzas. Te envejece. Si te ofreciesen volver atrás en el tiempo, probablemente no volverías a hacerlo. Así que si este artículo te hace darte cuenta de la profunda manipulación que sufres, sé paciente, hazte un favor y déjalo. Y cuéntame qué tal a los 3 meses.

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4 comentarios en “Por qué las campañas antitabaco no funcionan

  1. Muy bien escrito. Comparto casi todo lo que dices (escpecialmente la forma de orientar las campañas antitabaco). De todas formas, no apoyo eso de que Scarlett o Don dejen de fumar. En muchas películas (y series) los personajes fuman por lo que has dicho: inseguridad, esperando ese efecto placebo (que sólo existe en sus mentes), o por lavado de cerebro (como bien has apuntado en toda una generación-Don and Company). El cigarrillo ayuda a contar la historia, y eliminándolo, nos cargamos parte de la historia. Me pongo así porque soy muy quisquilloso para estas cosas, pero como he dicho antes, suscribo todo lo demás que dices. Felicidades por el artículo.

  2. Buen repaso a la realidad del tabaquismo. Yo soy ex-fumador. A los 29 lo dejé y no fumo nada. El tabaco ha tenido gran presencia en el cine o la tele por la fuerza de las tabacaleras, que daban millones en financiar los grandes estudios. Precisamente, la serie ‘Mad Men’ me parece que muestra una sociedad donde los hombres fumaban y bebían sin parar, pero que se estaban dinamitando pulmones e hígado, así como todas las misérias de una sociedad pretendidamente perfecta.

    Saludos y adelante.

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